EL ANTIMILITARISMO EN ESPAÑA DURANTE LA II REPÚBLICA Y EL GOLPE DE ESTADO

EL ANTIMILITARISMO EN ESPAÑA DURANTE LA II REPÚBLICA Y EL GOLPE DE ESTADO

El  surgimiento  del  movimiento  antimilitarista  en  los  tiempos de  la  II  República  fue  fruto  principalmente  del  encuentro  de  dos corrientes.  Por  una  parte,  la  tradición  autóctona  de  oposición  al ejército, tanto en formas espontáneas de evasión de quintas, como en  su  vertiente  obrera  organizada  (oposición  a  las  campañas  de Marruecos,  huelga  general  de  Barcelona  de  1909,  círculos  anarquistas, etc.). Por otra, los ecos pacifistas que siguieron a la primera guerra mundial en general y la Internacional de Resistentes a la Guerra como su expresión organizada en particular (IRG, fundada en 1921).

Los escasos testimonios que nos quedan de los antimilitaristas españoles de la época nos hablan de las esperanzas alumbradas por el régimen republicano y sus reformas en la constitución de 1931, como la separación de Iglesia y Estado, libertad política y de cultos, o  la  abolición  de  la  pena  de  muerte.  Particularmente  alentador resultó el texto del artículo sexto de la constitución, «España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional», recogiendo así  la  fórmula  establecida  en  el  tratado  Briand-Kellog  de  1928  de prohibición universal de la guerra (que, por cierto, nunca más volvería a aceptarse en el orden constitucional español). El fracaso del golpe  del  general  Sanjurjo  en  1932  y  las  medidas  progresistas  del primer período, especialmente las de reforma militar de Azaña, fueron así mismo celebradas en los medios antimilitaristas.

Las primeras noticias del movimiento antimilitarista en tiempos de la República se remontan a 1932, con la fundación por José Brocca de La Orden del Olivo, grupo integrado desde el primer momento en la  Internacional  de  Resistentes  a  la  Guerra.  La  prensa  de  la  IRG informaba  puntualmente  desde  Londres  de  la  actividad  de  este núcleo original, gracias a lo cual han llegado hasta nosotros noticias como  la  aprobación  por  unanimidad,  en  la  conferencia  anual  de 1932 de la Federación Provincial de Sindicatos de Almería, de una resolución  pidiendo  la  abolición  del  servicio  militar  obligatorio,  la prohibición  de  la  fabricación  de  armamentos  y  el  abandono  de Marruecos,   suscribiéndose   así   mismo   la   declaración   de   la Internacional. La  sección  del  Partido  Socialista  de  Almería,  que contaba con antimilitaristas entre sus filas, aprobó también resoluciones en la misma línea. Estos posicionamientos fueron secundados en Barcelona por la Asociación de Idealistas Prácticos, que decidió también adherirse a la Internacional. A comienzos de 1934 se estimaba en varios centenares de activistas la composición de diversos grupos coordinados en torno a La Orden del Olivo, dedicados a tareas de difusión, publicación de un semanario, acciones públicas, programas radiofónicos, etc. El ideario de la IRG encontraba la mejor acogida en Cataluña, con el lanzamiento  de  un  manifiesto  a  la  juventud  catalana  llamando  a  la resistencia a la guerra, organización de diversos seminarios de estudios antimilitaristas y de un comité obrero de acción antimilitarista en Barcelona.

La Orden del Olivo se mostró crítica con los sucesos de 1934, especialmente a la luz de su resultado, que afectaría  también  a  sus  propias  filas.  A  pesar  de  quedar  formalmente prohibidas, se mantuvieron las labores de agitación antimilitarista, ocasionalmente  en  colaboración  con  entidades del progresismo  social  republicano,  además  de  las importantes  conexiones  con  el  activismo  obrero  socialista  y  anarquista.

La  desobediencia civil al ejército era considerada un tema central. Así, se reivindicaban experiencias como la del piloto civil de correos Quirados J. Gou, víctima de castigo gubernativo por negarse a participar en los  bombardeos  aéreos  de  las  posiciones  obreras  asturianas  en 1934. En 1935 tres jóvenes anarquistas catalanes se negaron públicamente a incorporarse al servicio militar y decidieron presentarse a  las  autoridades.  En  medio  de  una  campaña  antimilitarista  de apoyo, fueron puestos en libertad tras cuatro días de detención alegándose  su  estado  de  “demencia”.  Al  ser  liberados  expusieron  en público  los  motivos  de  su  desobediencia  y  su  ejemplo  fue  seguido por un grupo de en torno a un centenar jóvenes dispuestos a rechazar «todo servicio militar», a modo de insumisos .

Justo unas semanas antes de pronunciarse  el golpe de Estado de 1936 se creó la  ‘Liga  Española  de Refractarios  a  la  Guerra’  como  afiliada  de  la  Internacional  de Resistentes a la Guerra. En el momento presente este movimiento no representa más que un grupo de convencidos entusiastas. Una intensa campaña de propaganda por los principios y tácticas de la resistencia a la guerra se está llevando a cabo y encontrando la más favorable  acogida  entre  organizaciones  anarquistas  y  en  la  CNT,  que  es muy importante en España.

Quedaba   de   esta   manera   constituida   la   Liga   Española   de Refractarios  a  la  Guerra,  con  la  doctora  Amparo  Poch  y  Gascón como presidenta,

Fernando Oca del Valle en el cargo de secretario,

José Brocca como representante en el Consejo de la IRG,

y contando  entre  otros  representantes  destacados  a  Juan  Grediaga (Barcelona),  Mariano  Sola  (Valencia),  y  David  Alonso  Fresno (Madrid).

En un artículo de H. Runham Brown, secretario honorario de la IRG, titulado «España. Un reto para el Pacifismo» de diciembre de 1936, se reproduce una carta de José Brocca desde Madrid  al  poco  de  comenzar  la  guerra.  Brocca  comienza  estableciendo su postura ante la contienda:

«En las circunstancias en que ha tenido lugar el alzamiento fascista, el pueblo no tenía otra alternativa que afrontar la violencia con violencia. Es lamentable, pero la entera responsabilidad por los trágicos y sangrientos días que estamos sufriendo reside en aquellos que, despreocupados por los más elementales principios sociales de humanidad,  han  dado  rienda  suelta  a  la  destrucción  y  la  matanza,  para defender, no ideales, sino privilegios odiosos y caducos, para retroceder al barbarismo medieval». José Broca continúa narrando su experiencia: «Me detuve unos días en Barcelona para tomar parte en el mitin de masas contra la guerra que habíamos organizado, pero que no pudo llevarse a cabo, pues la misma noche que iba a celebrarse, estalló la insurrección militar-fascista, el peligro que ya os había notificado.

En  Barcelona  eran  días  de  amarga  lucha.  Desde  el  primer momento me puse sin reservas al servicio de la libertad, sin renunciar, no obstante, a mis principios de absoluta resistencia a la guerra; es decir, he hecho y continúo haciendo cuanto puedo de palabra y obra, pero sin participar en acciones violentas, para la causa antifascista,  y  dentro  de  las  organizaciones  proletarias  y  democráticas que están luchando para salvar a España de esta tiranía reaccionaria. Mi trabajo es el de la información y propaganda. En Barcelona, en  Valencia,  en  la  provincia  de  Cáceres  y  en  Madrid  he  actuado,  y continúo actuando, en tareas tan interesantes como estimular, dirigir y organizar los campesinos de manera que en lugar de abandonar su  labor  agrícola,  trabajen,  incluso  en  aquellas  áreas  abandonadas por  los  fascistas  en  su  huida,  para  evitar  la  interrupción  de  la  producción  y  suministro  de  las  ciudades;  estableciendo  y  organizando escuelas  y  hogares  para  los  niños  de  aquellos  ciudadanos  que  han caído o están luchando en los diferentes frentes, y en general sacando partido de toda oportunidad para extender entre los combatientes nuestros ideales humanitarios y nuestra repugnancia a la opresión y crueldad.»

La IRG estableció así un Fondo de Ayuda a España, dedicado al  envío  de  ayuda,  recabar  información  sobre  familiares  y  amigos atrapados en el lado franquista, facilitar el intercambio de prisioneros, y el apoyo a un hogar para la acogida de niños refugiados en la localidad catalano-francesa de Prats de Mollo. La Liga contaba con depósitos  gestionados  por  sus  activistas  en  Madrid,  Valencia  y Barcelona en los que recogían donaciones provenientes de otras secciones de la IRG, especialmente de la británica (Peace Pledge Union).

Sesenta  niños  vascos  fueron  igualmente  acogidos  en  una  “Casa Vasca” organizada por este grupo en territorio británico.

Gracias a estos fondos internacionales, por ejemplo, el propio José  Brocca  efectuó  en  1937  la  compra  de  19.200  latas  de  leche condensada  en  Holanda,  que  posteriormente  fueron  distribuidas desde  el  almacén  situado  en  los  muelles  de  Valencia  con  destinos diversos. En Madrid los antimilitaristas participaron en la creación de  un  Comité  de  Mujeres  para  la  distribución  de  ropa  y  comida, donativos  que  aparecían  identificados  con  tarjetas  portadoras  del texto «Internacional de Resistentes a la Guerra: ayuda pacifista a la población civil de España».

La  doctora  Poch  y  José  Brocca  emprendieron  también  una campaña para la abolición de los orfanatos en el territorio controlado por la República, criticados por su «triste parecido con las cárceles», y su sustitución por hogares infantiles que permitieran el alojamiento por grupos de no más de 25 de niños en condiciones más dignas.  En  1937  organizaron  así  mismo  la  salida  de  un  grupo  de 500  niños  a  México,  donde  fueron  recibidos  por  los  contactos  de resistentes a la guerra mexicanos.

La ayuda antimilitarista internacional aportó algunos voluntarios, como fue el caso de Lucie Penru, enfermera y activista francesa de la IRG que trabajó en el Hospital de Sangré de la Barriada en Barcelona desde el inicio de la guerra hasta que el centro fue cerrado en 1938 por falta de suministros, y a partir de esa fecha se hizo cargo de un hogar niños españoles refugiados en Francia.

Peor suerte corrió Heinz Kraschutzki, destacado antimilitarista alemán.

Tras su experiencia como teniente en la marina de guerra  alemana  durante  la  Primera  Guerra  Mundial,  Kraschutzki  se volvió  un  activo  resistente  a  la  guerra,  asumiendo  la  dirección  de Das   Andere   Deutschlander (“La  otra  Alemania”),  órgano  de  la Friedensgesellschaft (“Consejo  Nacional  de  la  Paz”).  A  raíz  de  la publicación por esta revista de información sobre los planes de rearme alemán en marcha, Kraschutzki fue procesado por alta traición y escapó del país, instalándose con su familia en Mallorca a partir de  1932.  A  pesar  de  que  había  evitado  implicarse  en  actividades políticas  en  España,  Kraschutzki  fue  detenido  por  las  fuerzas  fascistas en agosto de 1936. Las autoridades franquistas fueron objeto por una parte de las peticiones de liberación de la IRG en colaboración con el Foreign Office británico, y por otra de las presiones de los oficiales nazis en España, que demandaban su entrega con el propósito de ejecutarlo. De manera un tanto salomónica, la junta de Burgos acordó con las autoridades nazis que Kraschutzki no sería ejecutado, pero tampoco sería nunca puesto en libertad, siendo condenado en consejo de guerra en octubre de 1938 a 30 años de cárcel. Al terminar la segunda guerra mundial la IRG retomó las gestiones para conseguir su liberación, en colaboración de nuevo con el  Foreign Office, y Heinz Kraschutzki fue finalmente puesto en libertad a finales de 1945, tras pasar más de nueve años en las cárceles de Franco. Kraschutzki para ser liberado tuvo que esperar así a la derrota  de  Alemania  en  una  guerra  cuya  preparación  él  mismo había sido pionero en denunciar, a costa de largos años de exilio y la cárcel.

Al  terminar  la  contienda desde Londres se sugirió el cierre del hogar de Prats del Mollo tan pronto  como  todos  los  niños  allí  acogidos  encontraran  un  destino definitivo, y se gestionó al mismo tiempo un permiso para dar refugio a José Brocca en Gran Bretaña. Sin embargo, dada la cercanía con la frontera, la Liga decidió mantener abierto el centro para colaborar  en  el  paso  clandestino  de  refugiados  a  territorio  francés.  El propio José Brocca cruzaba la frontera repetidamente para contactar y facilitar la huida de compañeros y allegados que permanecían en España.

La vida del movimiento antimilitarista organizado, modesta durante la República y atormentada durante la guerra, se extingue definitivamente en el exilio republicano. El 23 de mayo de 1939, apenas un mes después de la victoria fascista, el núcleo de cerca de una docena de miembros de la Liga Española de Refractarios a la Guerra se embarcaba  en  el  puerto  francés  de  Port  Vendres  con  destino  a México, donde serían acogidos por los compañeros mexicanos de la IRG. Otras familias vinculadas al movimiento habían encontrado ya refugio en Colombia, Cuba y Paraguay.

Por lo que respecta a José Brocca, pionero histórico del movimiento, habiendo rechazado la posibilidad de escapar a Inglaterra, fue detenido en varias ocasiones e internado en un campo de concentración  francés.  Sus  compañeros  consiguieron  rescatarlo  de  la Francia de Vichy, llegando a México en octubre de 1942 acogido por los antimilitaristas de este país.

José Brocca moría en México en junio de 1950 a consecuencia de  una  trombosis  cerebral.  Con  él  terminaba  esta  experiencia  del movimiento  antimilitarista  y  la  presencia  de  la  IRG  en  el  estado español.

Fuente: Artículo de Xabier Agirre Aranburu

publicado en el libro “En  legítima  desobediencia: Tres  décadas  de  objeción, insumisión y antimilitarismo”. Editado  por  el  Movimiento  de  Objeción  de  Conciencia  y Traficantes  de  Sueños  en  2002.

 

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